domingo, 19 de diciembre de 2010

JOSE CARLOS SOMOZA (Entrevista)

Jose Carlos Somoza: "Leer es escuchar con los ojos: es ceder la palabra a otro."
EL TERROR Y EL SUSPENSE SUIGUEN TENTANDO.

Como un personaje literario más, Jose Carlos Somoza reside en el lugar obtenido de su propia fantasía. El letrero Roquedal nos da la bienvenida evocando de un primer soplo la ficción densa que habita en casa del escritor. El hombre que nos espera dentro, autor de La dama número 13, aparenta su oficio gracias un jersey negro de cuello vuelto y unas gafas que reiteran en su mirada la acostumbrada soledad del escritor en su creación. Habla tranquilo, aunque no despacio, volteando la contestación una y mil veces hasta expresar acertadamente lo que quiere. Quizás esa calma en el diálogo tenga origen en su ascendencia cubana, prácticamente olvidada por el autor, que no cesa de reafirmarse como español. Se corrige a menudo a sí mismo en la respuesta, buscando la frase exacta en que plasmar sus ideas, muy concretas. Tal es la precisión con que pretende moverse entre palabras, que las respuestas de una entrevista a otra apenas varían. Así, nos encontramos exactamente con el mismo hombre del que leimos al preparar este encuentro; quizás no obtengamos respuestas jugosas y precipitadas, pero si de una franqueza incuestionable.
Muy consciente de si mismo, el creador de Clara y la penumbra parece conocer bien sus capacidades y no evita aclarar en varias ocasiones su inexperiencia al abordar ciertos temas o reiterar el valor de su opinión a la altura de cualquier otra.


De esta manera y a pesar de cultivar un estilo realmente incalificable, el novelista se muestra de acuerdo con el trato a sus obras de literatura comercial de calidad, en el sentido no ya de la cantidad de ventas, sino de una lectura asequible para la mayoría: "Yo no creo en el elitismo a la hora de la novela y tampoco en un entretenimiento que no mire por la calidad del trabajo, ni nada por el estilo, osea que ambas cosas me gustan." Recuerda además, con este afán de engendrar literatura accesible, la necesidad de potenciar la lectura revelándola más allá de las minorías, creando lectores para el día de mañana. Sin embargo el autor de Dafne desvanecida no teme en absoluto por el futuro de la lectura "La lectura es una labor prodigiosa que está fuera de toda duda y que no puede detenerse." Somoza explica que esta afirmación no responde a un punto de vista aconsejable sino que desde el punto de vista de la propia posibilidad no podemos perder el hábito lector. "Nuestra definición de seres humanos es una definición en la que se incluye, en la que se abarca leer."


Según su propia interpretación, Somoza es esencialmente lector, por ello sabe bien que la ficción exige complicidad con el público aunque esto suponga ceder parte de su personalidad y vivencias a tramas y personajes: "He notado muchas veces que doy mucho de mi en las novelas que escribo, pero eso es algo que no me preocupa, porque yo soy yo; escribo, con lo cual sería un poco como decir: no quiero ser yo." No solo se identifica como lector, sino que se reconoce como un buen lector que disfruta con lo que lee y para quien le gusta trabajar: "Sí que me gusta acercarme al lector, pero claro, desde el punto de vista que hay un lector fundamental al que me gusta acercarme, que soy yo mismo." Precisamente esa voracidad lectora se refleja en la constante variación de temática de las novelas. El autor de Miguel Will asegura que estas elecciones se basan en la motivación y el deseo que le despiertan ciertos temas; y nos pone como ejemplo la sorprendente creación de la novela científica Zig Zag, basada en mecánica cuántica, una materia bien alejada de la carrera de medicina psiquiátrica que cursó el autor. "Mira, una de las cosas que me gustan de escribir es la libertad tremenda que te da, y el campo abierto que tienes ante ti de hacer lo que quieres cuando quieres y como quieres." Afirma que esta libertad es algo fundamental a lo que no piensa renuciar.


Con su característica dialéctica puntual, Somoza recuerda a un profesor que busca ilustrar al alumno la lección, plagándola de ejemplos; entonces explica que pocos genios, y cita a Stanley Kubrick, se libran de contar con cuarentamil personas a su al rededor y cada una diciendo su opinión: "Yo me escucho a mi mismo, y así es como respondo." Este celo de individualidad creadora le lleva a mencionar que nadie en su entorno familiar o entre sus amistades conoce el texto hasta que este está finalizado. Nos entrometemos algo más en su estricta disciplina de trabajo para, efectivamente, comprobar el retiro que supone la creación de una obra , y preguntamos acerca de las pequeñas manías profesionales que pueden surgir de ese pequeño aislamiento: "Todos los escritores tenemos una serie de manías, yo las llamo más bien anclas. El problema con las manías es que te quiten tiempo de tu trabajo. No me quitan tiempo, simplemente me gusta tener una serie de seguridades psicológicas a la hora de trabajar." Conocemos algunas de estas conductas; tener siempre a mano gomas de borrar a pesar de escribir a ordenador, elegir cuidadosamente los programas abiertos en la pantalla etc. "Los psiquiatras nos podemos dar el alta a nosotros mismos, con lo cual yo digo que yo estoy bien, y si los demás opinan que no, yo me autoexculpo." bromea el novelista.


Jose Carlos Somoza cursó medicina y psiquiatría en Córdoba, profesión que ejerció brevemente, realizando sustituciones por necesidad económica mientras perseguía un nuevo sueño; la literatura. El escritor se empeñó en sacar adelante cada una de sus ambiciones, aunque estas fuesen contrarias. Así terminó sus estudios de medicina convencido de su deseo de ser neurocirujano; cambió de opinión al entender que prefería conocer el cerebro a abrirlo: "Esa parte del ser humano, que para mi es fundamental, todavía no ha quedado clara, es decir, de ahí procede todo, de ahí proceden las novelas. Cómo funciona es algo que me atraía y me sigue atrayendo." Y como él mismo nos cuenta, encaminó su profesión hacia esta rama de la medicina. Acostumbrado a la fantasía de soñar reapareció en él la temprana admiración por la literatura, que se presentó como un nuevo camino al terminar sus estudios: "Por fin me quedé digamos libre de escalar ese sueño que tenía; pues probablemente sería porque no sabía que otra cosa soñar y me dedique a aquello que hacía todos los días, que era escribir."


Recorremos las cambiantes aptitudes de Somoza desde los juegos de infancia, en que imaginaba ser doctor mientras pasaba por alto aquello que verdaderamente hacía todos los días al cesar el juego, escribir. "Escribía, al principio a mano, cuando tenía ocho o nueve años, después en la máquina que me regalaron y ya por fín después conseguí el ordenador pero, a lo largo de todo ese tiempo nunca creí que mi nombre iba a estar en un libro." Asistimos con esta frase a una evolución en que la máquina y el hombre se hacen compañía, ascendiendo, sin darse cuenta de cuánto dependen entre sí el novelista y la novela: "A lo largo de tu vida estás haciendo cosas a las que no les dabas importancia, y esas cosas a las que no les dan importancia puede que sean aquello con lo que realmente puedes sentirte realizado en la vida." Y siendo coherente en su pretensión de rastrear vocaciones comenzó a enviar manuscritos a concursos y editoriales: "Sueñe, no está mal que sueñe, pero haga. El sueño está bien como motor, como impulso, pero hay que hacer las cosas y hacerlas con naturalidad."


El padre de La llave del abismo cuenta que decidió arriesgarse gracias en parte al apoyo de su mujer, también psiquiatra. Asegurá además que se entregó a la tarea de escribir las veinticuatro horas del día, todos los días, "sin exageración" recalca."Uno realmente debe hacer las cosas por uno mismo y sobre todo tiene que hacerlo al 100%". El éxito llegó pronto para la novela corta Planos, ganadora del segundo premio Gabriel Sijé. El autor atribuye este pequeño triunfo a una suerte imprescindible para cualquier escritor pero también a su rechazo por compatibilizar la literatura con su primera profesión: "Si quieres llegar al techo de tus aptitudes no puedes compatibilizar. Si te dedicas a dos cosas y divides parte de tu energía nunca sabrás qué hubieras podido hacer de haberle dedicado el 100% de las energías a lo que te gustaba." Gracias a esta filosofía, el autor ha publicado ya trece obras propias, siendo co-autor de otra, además de incontables columnas de opinión y relatos breves. A pesar de este afortunado presente, el autor de Cartas de un asesino insignificante se plantea qué futuro le corresponderá a sus obras: "Siempre se pone uno a pensar qué pasará con su obra cuando uno se haya muerto; exactamente como uno se pone a pensar qué pasará con el resto de cosas que uno posee. El escritor que diga que no, es preocupante." Declara también que su preocupación no es excesiva, convencido de que el futuro de la obra de un artista es algo completamente desconocido: "La obra de arte es algo que va completamente independiente de tu razonamiento y de tus expectativas. La obra de arte camina por un camino paralelo."


Del mismo modo que el sino de sus obras es independiente a él mismo, parece que también lo son sus personajes; a los que Jose Carlos Somoza da tanta libertad como puede: "Cuando ya están creados ellos tienen ya su propia vida, se independizan y hacen cosas que a veces me sorprenden." Y es que, para el autor de La ventana pintada, conseguir que un personaje se desligue por completo es la taréa más dificil para un escritor y una gran fortuna haberlo conseguido con personajes como Heracles Pontor o el traductor, de La caverna de las Ideas, a quien afirma, no tubo más remedio que incluir en el libro. Sin embargo explica que sus personajes están tan definidos en su mente que no pueden ser sino ellos mismos, de modo que no se basa conscientemente en personas reales: "En realidad he sentido siempre la tentación de hacerlo, porque los rostros de las personas y las expresiones que te encuentras por la calle, y las fisionomías, son extraordinarias ¿verdad? ¡Pero nunca me ha salido!" Precisamente por ésta responsabilidad de crear netamente a sus protagonistas, Somoza pretende dotarles de una fuerza real: "El personaje me lo he imaginado, he dejado que esa visión me posea por completo, y si no lo he tenido claro, no lo he visto y no lo he oído, no lo dejo que se refleje en el papel."


Igualmente, al ser creaciones absolutas el novelista puede permitirse exigirles una conducta que les lleve a su propia culminación: "No soy esa clase de autor que se devana todas las páginas pensando que pasará con mi protagonista ahora que se va a divorciar. Las tragedias cotidianas no me interesan tanto como el límite de las cosas." Con esta meta, el creador de La caja de marfil, utiliza el miedo y el erotismo atroz en sus obras. Evidentemente uno de los medios por excelencia para transmitir esas sensaciones es la música, que según nos cuenta le apasiona y atormenta hasta la obsesión. Podemos comprovarlo en la sección Mis novelas y la música en la página web del prosista, en la que asocia a cada obra una sinfonía acorde. Nos dice que de no haber sido escritor hubiera sido músico; sin embargo y a pesar de identificar la música como "lo más grande que conoce", dejo de lado la posibilidad de profesionalizar su afición: "Me gusta imaginar melodías, a veces todavía hago algún pinito en el piano, pero se necesitaba tener una serie de conocimientos que no quería yo abarcar; es decir, lo que más me gustó de la escritura es que sabias leer, sabías escribir y ya está, ya te soltabas; música tenías que saber mucha y me parecía que me estaba cohartando totalmente la libertad creadora."



Aún así la música está presente no sólo en obras como Silencio de Blanca, donde esta pasión artística se mezcla de nuevo con el erotismo, sino que influye al prosista en la propia redacción de sus obras: "La literatura, igual que la música te habla de algo que va más allá de tu capacidad de comprensión racional; con la literatura yo quiero eso mismo, llegar a hablar de una manera que no se pueda expresar con palabras; en literatura el superar palabras siempre es para mi un desafío."
Los desafíos y la trasgresión son una constante en la carrera de Jose Carlos Somoza. Considerado por muchos un maestro desdibujando límites el literato reconoce que en alguna ocasión sus novelas han roto el esquema de publicación. Es el caso de La dama número 13; una novela muy visual, de la que ya se está llevando a cabo la versión cinematográfica (De Jaume Balagueró); cuya salida en formato libro al mercado, en circulos generalistas a pesar de pertenecer al género de terror, le permitió llegar a un público más extenso: "Yo me ilusiono pensando que alguno de esos escritores ha adquirido o han seguido más o menos mi camino, y eso es muy bueno en el sentido de que estamos allanando camino." comenta refieriéndose al género de terror.


La dama número 13, el libro más reconocido actualmente no sólo hace de nuevo asequible el género, sino que constituye una pieza especial para la colección del escritor, ya que, según nos cuenta es en cierto sentido un homenaje a la poesía. "Yo pienso que la poesía es algo sagrado, algo especial, no es una literatura cualquiera." El escritor no se plantea la posibilidad de pubicar un poemario de su autoría hasta haberlos meditado, corregido y cuidado, y reitera que no podría hacerse eso a si mismo, a los lectores o a la propia poesía: "Hay muchos que no logran publicar sus poemas y sus versos pese a que todos los días los estan alimentando, y los están retocando, y los están cultivando frase por frase, palabra por palabra, y no quiero ofender al mundo de la poesía publicando cosas de hace treinta años, cuando nadie me conocía y que ahora puedo publicar porque tengo un nombre; eso no me parece correcto." Afirma de esta manera que España es un país de poetas, y la falta de oportunidades para algunos sirve para abordar el tema de los bestsellers.


"Pienso que hoy hay una tendencia a que de repente una obra se ponga de moda y haya mucho lector que solamente lea esa obra. Yo no creo que sea positivo, en el sentido de que la literatura tiene mucha variedad y ofrece mucho." A pesar de entender en cierto modo esta tendencia el autor nos cuenta que, por lo general no leerá un libro de moda en el momento en que lo esté, para retomarlo después cuando la fiebre haya pasado. Así nos explica cómo le resulta dificil congeniar su gusto lector con determinadas modas: "Cuando resulta que congenian y son compatibles digo ¡Caramba! Me gusta lo que le ha gustado al 80% de la población lectora, pero hay muchas otras veces que no ocurre así y entonces me deprimo un poco; oye, ¿qué está pasando? Este libro por qué no me interesa a mi, no me ha motivado; a mucha gente si y a mi no... entonces en relación con las modas suelo ser un poco cauto." Esta desconfianza hacia las tendencias se extiende hacia asuntos sociales más serios como es el del cambio climático.


Somoza lo define como una lacra social de la misma naturaleza que el cáncer, advirtiendo que, sin contar con convicciones científicas la defensa del cambio climático puede ser una moda más influida soterradamente por ideologías contrarias: "Yo pienso que en esta cuestion del cambio climático hay mucho de ideología todavía, y una serie de convicciones que algunos científicos, por supuesto, morirían por ellas, y otros no estan tan seguros. Como persona de a pié no se exactamente a qué carta quedarme." Considera también que los medios de comunicación deberían tomar parte en este debate y dedicar más atención a fuentes fiables para que el lector pueda contrapesar las opiniones personales y crearse un concepto cercano a la realidad e independiente de modas engañosas: "Seremos buenos periodistas y buenos escritores cuando tengamos unos lectores independientes. Un público con opinión propia; yo creo que ese es el blanco de nuestro oficio."


En cualquier caso Somoza entiende la dificultad del periodista para resistirse a las tendencias, perseguir la objetividad y esclarecer la disyuntiva de verdad y menos verdad (Prefiere no decir verdad y mentira.) "El periodismo, no hay que olvidarlo, está hecho por periodistas, que son personas, aunque algunos lo puedan dudar. El periodismo es una labor humana, quiero decir que las personas tenemos nuestra opinión y esa opinión se confunde con la mentira." Finalmente la objetividad en el periodismo, aunque necesaria, se muestra como una tarea imposible, dónde la opinión es inevitable y el periodista únicamnete puede ser honesto y consecuente consigo: "Yo lo que creo que tiene que ser el periodista, como el escritor, es ser fiel a uno mismo. No se puede tener otra cosa."


Con esta sentencia casi a modo de consejo didáctico nos despide Jose Carlos Somoza, para retornar al reposo de sus últimas lecturas: La carretera, de Cormac McCarthy, Hyperión, de Dan Simmons o Mira si te querré, de Luis Leante. Y cierra la puerta asegurándose de que sabremos volver a casa.



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